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Si (no) pierdo la memoria, qué pureza

julio 19, 2019 - Actualidad
Si (no) pierdo la memoria, qué pureza

Le hurto y niego uno de sus más conocidos versos a Pere Gimferrer (a propósito, de joven, y trastornado por Arde el mar, le solicité a un amigo que trabajaba en una imprenta que me hiciese unos adhesivos con el verso, que entonces iba pegando en los furgones del metro de la villa de Madrid para estupor de los viajantes) para referirme a la aplastante rentrée otoñal de literatura memorialística, desde biografías y autobiografías hasta correspondencias y testimonios. Permítanme, para no estresar demasiado, que elija solo ciertos libros de las prácticamente 3 docenas que tengo fichadas. Entre las biografías, las hay de actores, como las de Woody Allen de David Evanier (Turner, noviembre) o bien Jack Nicholson de Marc Elot (Lumen, noviembre); de escritores y editores, como la muy aguardada de Kafka de Reiner Stach, cuyo primer volumen publicará Barranco en el mes de noviembre, o bien Senior Service, de Carlo Feltrinelli, la estupenda biografía del editor y componente revolucionario Giangiacomo Feltrinelli, publicada por Tusquets en dos mil uno y que ahora recobra Anagrama (octubre), una editorial, a propósito, participada hoy en día por el holding Feltrinelli. Entre los libros autobiográficos resaltan los de músicos, como M Train, de Patty Smith (Lumen, octubre), o bien Born to Run, las torrenciales memorias (quinientos setenta y seis páginas) de Bruce Springsteen (Literatura Random House, septiembre); los testimonios aproximadamente justificativos de jueces, como Ni pena ni temor, de Grande-Marlaska (Ariel, septiembre), o bien En el punto de atención, de Baltasar Garzón (Planeta, octubre); de conspicuos prosistas, como Volar en círculos, de John Le Carré (Planeta, septiembre), o bien El intruso, de Frederick Forsyth (Plaza y Janés, octubre). Asimismo están bien representados los cuadernos de bitácora aproximadamente vitales: Anagrama edita en el mes de septiembre ‘Los años felices’, segundo volumen de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia, y Alba publicará en el mes de noviembre los Diarios completos de Sylvia ­Plath, que incluyen los cuadernos retenidos por Ted Hughes en precedentes ediciones; en lo que se refiere a las correspondencias, me resulta interesante particularmente Amor y lingüística (Barranco, octubre), que reúne las cartas que, entre mil novecientos cuarenta y tres y mil novecientos cuarenta y siete, se cruzaron 2 de los más grandes hispanistas del siglo XX: la argentina María Rosa Lida (mil novecientos diez-mil novecientos sesenta y dos) y el ruso Yakov Malkiel (mil novecientos diez-mil novecientos sesenta y dos). Dejo para el final la mención del único libro de este segmento que he podido leer hasta la fecha: el pasmante relato autobiográfico El amor al revés (Anagrama, septiembre), del prosista Luisgé Martín, en el que cuenta, con una franqueza nada frecuente en la literatura autobiográfica de España, el descubrimiento de su homosexualidad; el penoso martirio de sus intentos de negación, ocultamiento y sanación en una sociedad intolerante y represiva; el tardío advenimiento de la ternura y la felicidad: un libro meditado y con perfección compuesto destinado a transformarse en uno de los éxitos d’estime de la rentrée. Algo, a propósito, bastante difícil de mantener en el caso de España conminada (Península, septiembre), un testimonio autobiográfico de Luis de Guindos, subtitulado (atención) ‘De de qué forma eludimos el rescate y la economía recobró el crecimiento’; quizás mis prejuicios me obnubilen, mas dudo de que haya puñaladas frente a las librerías para lograr un ejemplar antes que se agote la edición. Y además de esto el libro de Guindos tiene toda la pinta de ser una contestación indirecta a Economistas, políticos y otros animales, de Miguel Ángel Fernández Ordóñez, publicado por exactamente el mismo sello. A ver si, con un tanto de suerte, el ministro deja pronto el mando de la economía y retorna (para contribuir a hundirla) a alguna empresa de servicios financieros; al fin y a la postre, con méritos no mucho mayores el inefable Durão Barroso se ha subido a una presidencia de Goldman Sachs.Bailarines de la Gran orquesta de Juan José Mosalini en el Teatre Grec, de Barcelona.

Jamás he conseguido ser un tipo organizado. Me habría agradado tener una psique como la de Felipe II, de quien Geoffrey Parker asevera que, si bien se pasó su reinado (menos 6 meses) estancado en guerras de múltiples frentes, todavía hallaba tiempo para preocuparse de temas tan menores como la localización de las letrinas (las “necesarias”) de El Escorial: “Hagan estas necesarias” —ordenaba el Rey Prudente a sus aparejadores— “de forma que no den fragancia a la pieza de los jóvenes de la cocina”: muy prudente, de hecho. Volviendo al desorden de mi vida, el día de ayer tardé una buena parte de la mañana en localizar en mi biblioteca una pequeña joya que conservo desde hace tiempo: la primera edición de la escuela de Tango, discusión y clave (Losada, mil novecientos sesenta y tres), que reúne un estupendo artículo sobre las clases de tango (y su “metafísica”) de Ernesto Sábato (al que el día de hoy leemos menos de lo que se merece) y una extensa antología de creencias de diferentes autores sobre esa excelente música híbrida —y, al unísono, auténticamente argentina— en cuyas letras, de manera frecuente de forma profunda sexistas, hallaba el creador de Sobre héroes y tumbas la manifestación de un profundo resquemor erótico. Si bien a lo largo de mi niñez escuchaba a mi padre canturrear tangos mientras que se afeitaba (le encantaba el muy escapista y sentimental A media luz, de Lenzi y Donato, una mínima pieza maestra del arte de contar), comencé a aficionarme a ellos muy tarde, tras leer Rayuela: mi mitomanía y mi fascinación por Horacio, la Maga, Morelli, Gregorovius y todos los otros me llevó a alternar la música de jazz con tangos de letras muy tristes de Aníbal Troilo y sus contemporáneos Discépolo o bien Hugo del Carril (ciertos de ellos, a propósito, conspicuos peronistas), como a cebarme mates en una pavita que me trajo un amigo de Buenos Aires; supongo que lo hacía con la pretensión de que se me pegase algo de toda aquella magia. Recuerdo todo esto a propósito de la próxima publicación (Lumen, ocho de septiembre) de El tango, que reúne 4 conferencias nuevas sobre esa música que habla “de las contrariedades del alma” pronunciadas por Borges en mil novecientos sesenta y cinco y que fueron grabadas (y después olvidadas) por un inmigrante de España que asistió a escucharlo. El texto llegó a manos de mi querido Bernardo Atxaga en dos mil dos y este cedió las grabaciones, ya digitalizadas, a la Casa del Lector, que es donde han estado depositadas. Mientras que espero con impaciencia el libro, me consuelo escuchando en YouTube (en la voz de Gardel) la letra premonitoria y fatalista del tango Cambalache (mil novecientos treinta y cuatro), de Beatos Discépolo, cuyo principio no me resisto a transcribirles: “Que el planeta fue y va a ser / una bazofia, ya lo sé / En el quinientos 6 / y en el 2 mil, asimismo. / Que siempre y en todo momento ha habido chorros, / maquiavelos y estafaos, / contentos y amargaos, / barones y dublés. / Mas que el siglo XX / es un despliegue / de maldá arrogante, ya no hay quien lo niegue”. Lo que te afirme.

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